
Amigos, esta vez quise escribir algo más personal, algo de mi pasado, algo de mi muy lejana niñez, que no he podido olvidar por lo simpático del asunto. Aunque tengo muchas anécdotas, ésta se destaca por lo mágico y trascendental que me abrió puertas hacia un mundo para mí desconocido en ese entonces.
Nací en el temible Barrios Altos, donde terminé la primaria con notas sobresalientes, lo que me daba la opción de ingresar por la puerta grande a cualquier colegio de gran prestigio. Entonces elegí “Nuestra Señora de Guadalupe”, pero me mudé con mi familia a otro lugar más seguro y más cerca al océano, por lo cual mi deseo quedó totalmente frustrado al enterarme por mi hermano mayor, que no aceptaban alumnos de distritos fuera de su sector. A la estúpida directiva no le interesó mis notas, ni mis diplomas, ni mis medallas de oro.
Mi segunda elección fue el grandioso “Bartolomé Herrera”, en el cercano distrito de San Miguel. La negativa se repitió con el mismo argumento. No tenía elección, y me sentía como un leproso marginado. De repente, mi hermano, que había optado por el desesperado recurso de conseguirme un colegio recorriendo en bicicleta nuestro nuevo barrio, llegó con la noticia que había encontrado uno donde matricularme, lo cual me alivió. Como quien dice “peor es nada”.
Los dos primeros años los pasé en una de las sucursales, un local pequeño donde sólo habían ocho aulas distribuidas en dos pisos. Este edificio ocupaba sólo la cuarta parte de todo el terreno, ya que en el resto lo llenaba una gran cancha de fútbol, otra de básquet, y harto espacio donde se practicaba gimnasia al aire libre, incluso un cuadrilátero de arena que se usaba para la práctica del salto largo o salto alto, y a veces, como ring de box. La enseñanza del deporte pesaba más que la de ciencias y artes, algo muy bien recibido por adolescentes más sedientos de aventura que de lectura.
Al tercer año me mudé al local principal, mucho más grande que el anterior, pero sin las canchas ni el tremendo espacio para jugar, sólo un gran patio donde pasear y conversar. Entonces me di cuenta de la realidad : allí aceptaban alumnos repitentes de otros colegios. Eso explicaba la presencia de compañeros cuatro años mayores que yo, lo cual me atemorizaba, y más aún, los profesores abusivos, que con la violencia buscaban domesticar a tanto púber descontrolado.
Cuando no se presentaba algún profesor, el auxiliar se encargaba de llenar esa hora con algo que hacer, por ejemplo descubrir nuevas palabras en el diccionario, pero como no se abastecía con todas las aulas, muchas veces nos quedábamos como barco a la deriva, sin capitán. Entonces el caos se adueñaba del salón : bolas de papel, lapiceros y zapatos sobrevolaban nuestras cabezas. Unos encendían sus radios a pilas, otros contaban chistes llenando el espacio con sus gritos y carcajadas. Los más avezados cometían toda clase de locuras relacionadas con la agresividad.
Nunca fui un “chancón”, simplemente entendía de inmediato, tenía buena memoria y con una repasada rendìa en todas las materias, pero confieso que ya no era el mismo alumno aplicado de la primaria : este colegio me estaba echando a perder. Yo y otro muchacho éramos los más chiquillos, y estábamos destinados a ser los “pisados”, los pobres novatos burlados e intimidados. Sin embargo, al mostrar por casualidad mis dotes de dibujante, más de uno quiso aprovecharme para cumplir con las tareas que implicaban dibujos, activando la competencia entre quienes requerían de mis servicios artísticos, y ofreciéndome todo lo que se podía comprar en el quiosco del patio : golosinas, sánguches y gaseosas. Por eso muchas veces llegaba a mi casa sin apetito.
Se podría decir que mi talento me ayudó a sobrevivir en esa jungla de manganzones hiperactivos, convirtiéndome en el engreído del salón, a quien defendían de cualquier abuso. En cierta oportunidad, cuando un profesor no asistió, se formó tal trifulca que mi zapato izquierdo desapareció, y en ese instante entró el nuevo director, el cual tenía fama de ser muy estricto, a quien desde el segundo piso había caído en su cana cabeza mi zapato, el cual tenía en la mano. Sin opción al silencio, admití que era mío, pero que no había visto quién me lo había sustraído. El director pidió al avergonzado auxiliar ver mis notas y se enteró que yo tenía buena conducta, pero desde ese día nuestro salón no tendría horas libres y sería doblemente vigilado, incluyendo constantes visitas del mismo director.
Ello causó el descontento entre los reprimidos alumnos que estaban acostumbrados a la gresca y la bulla, por lo que una vez escuché una secreta conversación entre algunos compañeros. Se trataba de escapar por una puerta de la biblioteca que comunicaba directamente con la calle, para ir a jugar fulbito en una cercana urbanización todavía descampada. Todos tomarían un libro, se sentarían y fingirían leerlo, mientras que uno distraería al bibliotecario con alguna consulta, y otro se encargaría de abrir la cerradura. Al principio no quisieron incluirme en su plan, pero en contra de su voluntad los acompañé en la fuga. Era un plan genial, yo me sentía como un presidiario viviendo la aventura de escapar de la cárcel.
A la hora del recreo, entramos a la biblioteca y según lo planeado, cada uno pidió un libro. Yo tomé uno de gran tamaño, muy pesado, e inmediatamente me senté. Se trataba de los cuentos de Hans Christian Andersen. El empaste era bellísimo, de material gris muy grueso y con adornos en relieve. Por dentro la edición era impecable, coronada por las acuareladas ilustraciones sobre la suave calidad del couché. En ese momento me sentí atado a la silla, como atrapado e hipnotizado. De reojo vi a mis prófugos compañeros, uno por uno, colarse hacia la calle. La tentación de seguirlos era fuerte, pero no podía despegar los ojos de esas diminutas letras que me mostraban un suspenso jamás imaginado, quería saber el final.
El bibliotecario, un venerable sexagenario, se dio cuenta de los libros abandonados en las sillas y sospechaba lo que había sucedido. No me preguntó nada al respecto, pero cuando el timbre anunció el término del recreo, me alcanzó un pequeño libro que contenía tres relatos, para que lo leyese en mi casa. Esa noche quedé maravillado. Era Edgar Allan Poe, el maestro norteamericano creador del thriller. Al día siguiente fui por más, a la semana siguiente y al mes siguiente.
Las colaciones por la puerta de la biblioteca seguían sin cesar, y el viejo se hacía el desentendido. Yo también, pues ahora me hallaba en otra nota. Se me había formado algo así como una adicción, pues tenía hambre de lectura, y el bibliotecario disfrutaba alimentándome. Así fue como descubrí a Gabo, Rabelais y al genial Verne. Pero mis preferidos eran los libros pequeños, esos que encierran historias breves pero contundentes. Por eso devoré la colección completa de Poe, Andersen, Julio Ramón Ribeyro y Ricardo Palma. Al mismo tiempo me extasiaba contemplando la historia del arte pictórico, lo cual encajaba con mis dotes de dibujante amateur. Incluso cambió mi percepción sobre los libros que me obligaban a leer en clase, pues a partir de esa fecha los leía con sumo interés, sobre todo la historia universal. Pero dentro de la biblioteca no había nada obligatorio, más bien era un oasis de libertad, y también de tranquilidad en comparación con el caos de las aulas.
A los tres meses de iniciada esta subyugante aventura bibliográfica, tuve la ingrata noticia del cierre de la biblioteca. El estricto director había descubierto las colaciones, y tal parece que al bibliotecario lo implicaron en el asunto, como culpable del silencio y la permisibilidad ante las graves travesuras de algunos inadaptados. Yo casi fui uno de ellos, pero bastó un segundo para cambiar de rumbo. En vez de irme con los piratas, decidí quedarme en el puerto, leyendo libros que me proporcionó un ángel veterano que me rescató y enseñó una nueva senda que hasta hoy sigo descubriendo hasta por internet.
Luego de 32 años, mi conclusión es que mientras unos viven la vida, otros la escriben y otros la leen, y es que la lectura es una aventura. ¿Acaso un libro no es un portal hacia otra dimensión?
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Nací en el temible Barrios Altos, donde terminé la primaria con notas sobresalientes, lo que me daba la opción de ingresar por la puerta grande a cualquier colegio de gran prestigio. Entonces elegí “Nuestra Señora de Guadalupe”, pero me mudé con mi familia a otro lugar más seguro y más cerca al océano, por lo cual mi deseo quedó totalmente frustrado al enterarme por mi hermano mayor, que no aceptaban alumnos de distritos fuera de su sector. A la estúpida directiva no le interesó mis notas, ni mis diplomas, ni mis medallas de oro.
Mi segunda elección fue el grandioso “Bartolomé Herrera”, en el cercano distrito de San Miguel. La negativa se repitió con el mismo argumento. No tenía elección, y me sentía como un leproso marginado. De repente, mi hermano, que había optado por el desesperado recurso de conseguirme un colegio recorriendo en bicicleta nuestro nuevo barrio, llegó con la noticia que había encontrado uno donde matricularme, lo cual me alivió. Como quien dice “peor es nada”.
Los dos primeros años los pasé en una de las sucursales, un local pequeño donde sólo habían ocho aulas distribuidas en dos pisos. Este edificio ocupaba sólo la cuarta parte de todo el terreno, ya que en el resto lo llenaba una gran cancha de fútbol, otra de básquet, y harto espacio donde se practicaba gimnasia al aire libre, incluso un cuadrilátero de arena que se usaba para la práctica del salto largo o salto alto, y a veces, como ring de box. La enseñanza del deporte pesaba más que la de ciencias y artes, algo muy bien recibido por adolescentes más sedientos de aventura que de lectura.
Al tercer año me mudé al local principal, mucho más grande que el anterior, pero sin las canchas ni el tremendo espacio para jugar, sólo un gran patio donde pasear y conversar. Entonces me di cuenta de la realidad : allí aceptaban alumnos repitentes de otros colegios. Eso explicaba la presencia de compañeros cuatro años mayores que yo, lo cual me atemorizaba, y más aún, los profesores abusivos, que con la violencia buscaban domesticar a tanto púber descontrolado.
Cuando no se presentaba algún profesor, el auxiliar se encargaba de llenar esa hora con algo que hacer, por ejemplo descubrir nuevas palabras en el diccionario, pero como no se abastecía con todas las aulas, muchas veces nos quedábamos como barco a la deriva, sin capitán. Entonces el caos se adueñaba del salón : bolas de papel, lapiceros y zapatos sobrevolaban nuestras cabezas. Unos encendían sus radios a pilas, otros contaban chistes llenando el espacio con sus gritos y carcajadas. Los más avezados cometían toda clase de locuras relacionadas con la agresividad.
Nunca fui un “chancón”, simplemente entendía de inmediato, tenía buena memoria y con una repasada rendìa en todas las materias, pero confieso que ya no era el mismo alumno aplicado de la primaria : este colegio me estaba echando a perder. Yo y otro muchacho éramos los más chiquillos, y estábamos destinados a ser los “pisados”, los pobres novatos burlados e intimidados. Sin embargo, al mostrar por casualidad mis dotes de dibujante, más de uno quiso aprovecharme para cumplir con las tareas que implicaban dibujos, activando la competencia entre quienes requerían de mis servicios artísticos, y ofreciéndome todo lo que se podía comprar en el quiosco del patio : golosinas, sánguches y gaseosas. Por eso muchas veces llegaba a mi casa sin apetito.
Se podría decir que mi talento me ayudó a sobrevivir en esa jungla de manganzones hiperactivos, convirtiéndome en el engreído del salón, a quien defendían de cualquier abuso. En cierta oportunidad, cuando un profesor no asistió, se formó tal trifulca que mi zapato izquierdo desapareció, y en ese instante entró el nuevo director, el cual tenía fama de ser muy estricto, a quien desde el segundo piso había caído en su cana cabeza mi zapato, el cual tenía en la mano. Sin opción al silencio, admití que era mío, pero que no había visto quién me lo había sustraído. El director pidió al avergonzado auxiliar ver mis notas y se enteró que yo tenía buena conducta, pero desde ese día nuestro salón no tendría horas libres y sería doblemente vigilado, incluyendo constantes visitas del mismo director.
Ello causó el descontento entre los reprimidos alumnos que estaban acostumbrados a la gresca y la bulla, por lo que una vez escuché una secreta conversación entre algunos compañeros. Se trataba de escapar por una puerta de la biblioteca que comunicaba directamente con la calle, para ir a jugar fulbito en una cercana urbanización todavía descampada. Todos tomarían un libro, se sentarían y fingirían leerlo, mientras que uno distraería al bibliotecario con alguna consulta, y otro se encargaría de abrir la cerradura. Al principio no quisieron incluirme en su plan, pero en contra de su voluntad los acompañé en la fuga. Era un plan genial, yo me sentía como un presidiario viviendo la aventura de escapar de la cárcel.
A la hora del recreo, entramos a la biblioteca y según lo planeado, cada uno pidió un libro. Yo tomé uno de gran tamaño, muy pesado, e inmediatamente me senté. Se trataba de los cuentos de Hans Christian Andersen. El empaste era bellísimo, de material gris muy grueso y con adornos en relieve. Por dentro la edición era impecable, coronada por las acuareladas ilustraciones sobre la suave calidad del couché. En ese momento me sentí atado a la silla, como atrapado e hipnotizado. De reojo vi a mis prófugos compañeros, uno por uno, colarse hacia la calle. La tentación de seguirlos era fuerte, pero no podía despegar los ojos de esas diminutas letras que me mostraban un suspenso jamás imaginado, quería saber el final.
El bibliotecario, un venerable sexagenario, se dio cuenta de los libros abandonados en las sillas y sospechaba lo que había sucedido. No me preguntó nada al respecto, pero cuando el timbre anunció el término del recreo, me alcanzó un pequeño libro que contenía tres relatos, para que lo leyese en mi casa. Esa noche quedé maravillado. Era Edgar Allan Poe, el maestro norteamericano creador del thriller. Al día siguiente fui por más, a la semana siguiente y al mes siguiente.
Las colaciones por la puerta de la biblioteca seguían sin cesar, y el viejo se hacía el desentendido. Yo también, pues ahora me hallaba en otra nota. Se me había formado algo así como una adicción, pues tenía hambre de lectura, y el bibliotecario disfrutaba alimentándome. Así fue como descubrí a Gabo, Rabelais y al genial Verne. Pero mis preferidos eran los libros pequeños, esos que encierran historias breves pero contundentes. Por eso devoré la colección completa de Poe, Andersen, Julio Ramón Ribeyro y Ricardo Palma. Al mismo tiempo me extasiaba contemplando la historia del arte pictórico, lo cual encajaba con mis dotes de dibujante amateur. Incluso cambió mi percepción sobre los libros que me obligaban a leer en clase, pues a partir de esa fecha los leía con sumo interés, sobre todo la historia universal. Pero dentro de la biblioteca no había nada obligatorio, más bien era un oasis de libertad, y también de tranquilidad en comparación con el caos de las aulas.
A los tres meses de iniciada esta subyugante aventura bibliográfica, tuve la ingrata noticia del cierre de la biblioteca. El estricto director había descubierto las colaciones, y tal parece que al bibliotecario lo implicaron en el asunto, como culpable del silencio y la permisibilidad ante las graves travesuras de algunos inadaptados. Yo casi fui uno de ellos, pero bastó un segundo para cambiar de rumbo. En vez de irme con los piratas, decidí quedarme en el puerto, leyendo libros que me proporcionó un ángel veterano que me rescató y enseñó una nueva senda que hasta hoy sigo descubriendo hasta por internet.
Luego de 32 años, mi conclusión es que mientras unos viven la vida, otros la escriben y otros la leen, y es que la lectura es una aventura. ¿Acaso un libro no es un portal hacia otra dimensión?
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2 comentarios:
Qué buen relato! Me has hecho recordar mis lecturas de juventud. Y qué interesante forma tan aventurera de descubrir el encanto de la lectura.
Me deleite con tu texto sigue asì¡ mi querido amigo Santiagoo¡
oscar tello
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