

Desde muy chibolo me gustaba ver cachascán por la tv, sobre todo esas antiguas películas mejicanas protagonizadas por el SANTO, el valiente enmascarado de plata, o si no BLUE DEMON, el otro heroico enmascarado azul. Pero a partir de la adolescencia, mis gustos tomaron otro rumbo. Ya no era sólo el triunfo del bien sobre el mal, también era la atracción por esos hombres corpulentos que se enfrentaban entre sí derrochando fuerza y sensualidad. Desde entonces me extasiaba viendo los violentos espectáculos de la WWF, en especial a LA ROCA, imbatible superhéroe de quien no me pierdo ninguna lucha, incluso ninguna de sus películas, pues ahora es un actor tan bueno como Schwarzenegger.
Un día, yendo por la calle, encontré en el suelo un volante a todo color en el cual se anunciaba cachascán nacional, con unas estupendas fotos de peruanísimos gladiadores que no tenían nada que envidiar a los extranjeros. Entonces descubrí que en nuestro suelo también hay carne poderosa en pugna por la victoria. Decidí verlos en persona y fui a la dirección impresa en el volante.
El local no era tan grande como el que había visto en la tv, y el espectáculo tampoco era tan sofisticado, pero el público colmaba las humildes gradas de cemento y la presencia de los luchadores sí valían el costo de la entrada. Desde entonces asisto cada fin de semana para verlos en acción. El momento culminante llega cuando anuncian el "VALE TODO" : todos se enfrentan contra todos. Unos diez cachascanistas entran al cuadrilátero, pero sólo sobreviven los más fuertes, y casi siempre son cuatro : el gorila, el oso, Rambo y el vikingo, que juntos conforman un súper-equipo. Eso los convierte en mis favoritos, en los favoritos de toda la platea.
Los adoro, no sé si por su apariencia física o por su técnica en la lucha. Creo que por las dos cosas, pues mientras que el gorila domina muchas "llaves", el oso aguanta cualquier golpe y posee un súper-abrazo capaz de asfixiar a cualquier contendor. Rambo a veces juega sucio pero salta más alto que lo demás, mientras que el vikingo domina la patada voladora. Seguro que la la edad y la experiencia les ha conferido esa calidad al luchar, y los diferencia del resto de luchadores. También en lo físico, porque son más corpulentos , más musculosos y más altos que los demás.

El gorila la tenía bien oscura y venosa, como una gran barra de chocolate con maní. Rambo la tenía menos larga que todos pero más gruesa. El oso también menos larga y más gruesa, casi oculta dentro de una gran maraña peluda. El vikingo la tenía tersa y rosadita, y la más larga de todos. Salieron de las duchas y se cubrieron de la cintura para abajo con una toalla mientras que relajados tomaban cerveza helada que una a una sacaban de una pequeña nevera.
Por mi costado vi una enorme cucaracha lo que me dio un gran susto y me hizo mover una caja. El ruido atrajo al oso, descubriéndome "¿Qué haces aquí enanito?" me dijo muy molesto. Pensaron que yo era un ladrón y querían llamar a la policía, pero les expliqué que sólo deseaba sus autógrafos, así que les mostré mi plumón negro. Felizmente me creyeron. "Un fanático muy osado, eso me gusta" dijo Rambo. No sólo firmaron en mi polo blanco, también me invitaron cerveza, la cual estaba bien rica. Me sentía feliz y realizado pues estaba a solas con mis ídolos. Los toqueteaba y abrazaba en cada brindis. En cierto momento yo dije "Uf, qué calor", y entre carcajadas me bañaron de cerveza. Tuve que sacarme la ropa mojada y me puse una toalla igual que ellos.
Repentinamente me quitaron la toalla, y me echaron boca abajo en el taburete. El gorila acariciaba mis nalgas mientras que el vikingo besaba mi espalda. Yo todavía no quería salir de virgen, así que opuse resistencia, pero con unas largas medias deportivas me ataron de pies y manos al taburete. Ahora sí el gorila untaba saliva en mi inexperto ano, metiendo uno y dos dedos, pero yo me sentía tan nervioso que sólo atinaba a gritar "¡¡No por favor, no, desátenme, me va a doler!!". Entonces el oso tomó otra media y me amordazó. Allí fue cuando el gorila introdujo toda su chala enterita hasta el fondo de mi recto. Mi alarido de dolor se ahogó en un simple "¡ MMMMM !". Sentía que entraba y salía como si fuera un grueso y duro tronco de madera. Sin haber terminado, le siguieron Rambo y el oso. No sentí que me penetraran hasta el fondo, pero sí sentí que me abrían más el ano. Al final, tal como lo temía, el vikingo me penetró más allá del fondo, como si me empujara algún hueso interior.
Me desataron para seguirme penetrando con otras poses, ellos aún tenían mucha energía para quemar. Mientras me hacían piernas al hombro yo me la corría. A estas alturas mi ano estaba bien dilatado y mi recto bien resbaloso, pudiendo sentir lo delicioso que entraban y salían sus troncos hasta el fondo de mi pelvis, sin dolor. Sus movimientos perforadores me causaban placer, mi sensibilidad estaba al máximo. Mientras tanto, ellos tomaban la última ronda de cerveza y me hacían tomar a mí mientras que la tenía clavada bien adentro y me la seguía corriendo, hasta que se me vino justo cuando el oso estaba encima mío ¡¡qué rico!!.
Después de dos horas, seguían erectos y sin eyacular, pero ya se les veía fatigados, así que optaron por quedarse echados sobre los colchones para que yo me sentara y cabalgara sobre ellos. Entonces recién eyacularon el oso y el gorila, para luego quedarse dormidos. Sentía las nalgas irritadas de tanta cacheteada, y el ano tan adolorido de tanta penetración, que opté por mamar a Rambo y al vikingo. Felizmente no me exigieron que también les hiciera el caballito. Después que eyacularon, también se durmieron, y roncaban tan fuerte que parecía un coro de leones. Que lindo sonido, me arrullaba ese cántico tan macho, tan varonil. Yo me quedé dormido sobre ellos, como si descansara sobre una gruesa y caliente alfombra peluda.
Cuando desperté, ya estaba amaneciendo, y ellos seguían dormidos. Muy despacio me vestí, y los contemplé antes de irme. Qué lindo espectáculo : mis cuatro ídolos fornidos del cachascán que me habían revuelto las entrañas con sus duras y tremendas chalas, estaban allí sobre los colchones, calatitos, borrachitos y con las botellas de cerveza vacías por todas partes.
Mi polo blanco con sus autógrafos lo tengo bien guardado, y hasta ahora no lo lavo por temor a que de disuelva la tinta. Es mi mejor recuerdo. Cada fin de semana vuelvo a ese local para verlos luchar, y ellos, desde el cuadrilátero, me envían guiños y besitos volados, como si desearan que los visite otra vez. Tal vez me anime ... ¿porqué no?.
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