sábado, 29 de agosto de 2009


Tony y Luigi son compañeros de colegio desde el cuarto grado. La primera vez que se vieron fue en el recreo, cuando todos jugaban a las escondidas. “¡Ampay Tony, ampay Luigi!”. Siempre los ampayaban juntos.

Como era un colegio religioso, los alumnos iban cada domingo con sus padres a la capilla para escuchar misa, y allí se saludaban, de una banca a otra, como si fuera un juego, pero el director del colegio, el reverendo padre Masías, les llamaba la atención.

A partir del primer año de secundaria, descubrieron que su curso favorito era Educación Física. Mientras que los demás compañeros competían para ver quién llegaba primero a la meta en la piscina y en la pista de atletismo, ellos preferían el básquet y el fulbito, pues les atraía el juego en equipo, y luego, entraban presurosos a las duchas, para observar recíprocamente sus tiernos cuerpos desnudos.

En el segundo año ya estaban entre los cinco primeros de su clase, y no porque fueran chancones, sino porque se apoyaban mutuamente, pues Luigi siempre iba a casa de su amigo para estudiar juntos la materia correspondiente. “Buenas tardes doña Dolores”, decía con su voz melodiosa de niño, y la mamá de Tony, muy sonriente, les servía bizcochuelos con chocolate bien calientito, para que estudiaran cómodamente en su cuarto, y con la puerta cerrada para que nadie los distrajese.
Tony no iba a la casa de Luigi, pues su madre, la viuda Berninson, le infundía temor. Ella siempre vestía de negro, y era muy estricta; dando órdenes, criticando, siempre diciendo que la juventud estaba perdida por culpa de los padres. Ella era la única sombra en sus vidas, pero sólo un punto, un diminuto punto en medio de su feliz panorama.
Los padres de Tony eran diferentes. Si ellos hacían una parrillada o iban a la playa, llamaban inmediatamente a Luigi, previo permiso de la sombría viuda Berninson.

Una tarde, cuando ellos cursaban el cuarto año, Luigi fue como de costumbre a casa de Tony para estudiar juntos el curso de anatomía. El libro ofrecía imágenes detalladas sobre los órganos reproductores masculinos, los cuales observaban silenciosos, tragando saliva, mientras que Luigi pasaba su mano temblorosa sobre el papel couché.
Tony encendió la radio para calmar la tensión, justo cuando pasaban una canción que estaba de moda. “Los Bee Gees me encantan” dijo Tony. “Travolta se pasa bailando” agregó Luigi.
Entonces, comenzaron a bailar imitando al famoso actor. Con cada movimiento se iban acercando más el uno al otro, hasta tropezar y caer al suelo. Entre risas, cosquillas y camisas desabotonadas, rozaron sus labios. El tiempo se detuvo. Se quedaron inmóviles y se miraron fijamente, como queriendo disculparse, pero Luigi, repentinamente, arremetió contra su amigo y le dio un sonoro beso en la boca.
“¡¡¿QUÉ MIERDA HACES, CARAJO?!!” exclamó Tony, empujándolo y limpiándose la boca, pero Luigi no supo qué responder. El sólo siguió su impulso, sin pensar, descargando lo que tenía guardado desde hace tiempo.
Tomó sus cuadernos y se retiró.

En los días siguientes, un muro de hielo se levantó entre ellos. No se hablaban, parecían dos desconocidos. Era una situación incómoda, alguien tenía que ceder.
Entonces Tony se sinceró consigo mismo y se dio cuenta que en el fondo, ese beso le gustó. Pero, ¿por qué reaccionó con cólera? Sólo fue un mecanismo de defensa ante cualquier intento de arrancarle su secreto mejor guardado, el secreto de sus sentimientos impuros que deseaba esconder para siempre, sin decírselo a nadie, ni siquiera a su mejor amigo. ¿Qué dirían los demás si lo supieran?
Había escuchado muchas cosas denigrantes sobre los homosexuales. “El Miguel Bosé es un cabro de mierda” decían los alumnos. “El sida es culpa de los gays” decía la madre de Luigi. “El matrimonio homosexual no está dentro del plan de Dios, los homosexuales son inmorales, una aberración” le oyó decir al padre Masías en una homilía. Incluso su propia madre comentaba a la vecina: “Ay querida, el René será un maricón asqueroso, pero me peina de maravillas”. Este último comentario era lo único bueno que había escuchado sobre ellos.

Cuando imaginaba su futuro, no se veía a sí mismo casado y con hijos, más bien como un blanco de burlas; todos rechazándolo, murmurando, señalándolo con el dedo acusador. ¿Qué debía hacer? ¿Decir a todos la verdad? ¿O mejor fingir todo el tiempo y vivir la vida normal que todos esperaban que viviera? Cuan difícil parecía ser hipócrita.
Mientras que todos sus amigos conversaban sobre las tetas y los culos de las chicas, él quería hablar de otras cosas, pero, ¿con quién? Entonces se dio cuenta que el único ser humano con quien podía compartir secretamente este deseo prohibido, era Luigi.
“Perdóname”, le dijo esa tarde. “Tú también perdóname”, respondió Luigi.
No más soledad, ellos eran amigos otra vez. Más que amigos, eran hermanos, unos hermanos que sabían que juntos, todo sería más fácil. Ahora sí podían imaginar su futuro de manera diferente, como socios en un negocio, como ingenieros en una obra, como jugadores del mismo equipo de fútbol. Pero su mayor ilusión era trabajar como médicos en un hospital, porque así ayudarían a los demás. Cada uno con su propia personalidad y respetando el punto de vista del otro. Por ejemplo, Tony adoraba las películas de guerra y de artes marciales, mientras que Luigi prefería cultivar su jardín, sobre todo las hortensias, su flor favorita, y leer novelas románticas, imaginando que era una princesa rescatada por un caballero de armadura plateada.
Estas eran las tonterías púberes que compartían en voz baja los dos cada vez que terminaban las clases. Iban al lugar más solitario de la escuela, el jardín trasero, y se daban un fuerte abrazo seguido de un gran beso en la boca. Luego se alejaban pensando que nadie los veía.

Pero no fue así, alguien los vio.
No tardó mucho en propagarse el chisme, llegando a oídos del padre Masías, quien se escandalizó y aterrorizó, ya que ese colegio contaba con una reputación intachable, y debía defenderla a toda costa, para lo cual debía tomar medidas inmediatamente, antes que las cosas empeorasen, o si no, se enterarían en el arzobispado.

Una vez los vio esconderse detrás del confesionario. Sigilosamente se acercó y corrió la cortina. ¡¡¡ Horror, los vio besándose en la boca !!! No sabía si vomitar o desmayarse, pero el conserje tuvo que llamar a la secretaria para que ésta llamara a un médico, pues parecía ser un infarto, pero luego de examinarlo, determinó que sólo fue un sofoco.

Luego de recuperar la calma, Masías citó a los padres de Tony y Luigi. Doña Dolores, su esposo y la viuda Berninson, quedaron atónitos ante tamaña noticia, sintiéndose avergonzados y decepcionados, pero al final de la conversación, llegaron a un mutuo acuerdo : alejarlos, separarlos, por lo menos hasta que cumplieran la mayoría de edad, y si luego insistían en lo mismo, amenazarlos con quitarles la manutención. ELLOS TENIAN LA POTESTAD, ELLOS TENIAN EL CONTROL.

Sin perder tiempo, los padres de Tony lo enviaron a casa de su abuela en Arequipa. Allá terminaría el último año en otro colegio, y si es posible, postularía a la universidad, trabajaría y haría toda su vida en aquella ciudad. El chiquillo se sintió desorientado, como empezando de cero, lejos de lo más importante en su vida, sin poder vislumbrar su futuro.

Tanto Masías como la viuda Berninson se sintieron satisfechos al ver que doña Dolores cumplía con lo pactado. Por su parte, la viuda llevó a su hijo donde el Dr. Montani, un psiquiatra que la trataba de la depresión desde que murió su esposo. Seguro que le haría alguna evaluación, y lo más importante, le recetaría algún medicamento que ayudaría a cambiarlo. “Las pastillas son una buena solución” pensaba ella, ya que los antidepresivos eran el soporte de su vida.
Efectivamente, desde la primera sesión el psiquiatra ordenó a Luigi tomar unas pastillas, pero a los seis meses el muchacho notó con horror que el cabello se le caía en grandes cantidades, al mismo tiempo que la vellosidad invadía su antes lampiño cuerpo. Sólo había una explicación, esa medicina lo estaba envejeciendo antes de tiempo.
El doctor confirmó que nunca regresaría a su estado normal, pero trató de convencerlo que no había nada de malo en ello, pues era una manifestación física de hombría, un valor muy apreciado en la sociedad. De eso se trataba el maldito tratamiento. Berninson y su amante complotaban para convertirlo a toda costa en un super macho, pero sólo lo lograrían en apariencia, pues por dentro seguía siendo el mismo Luigi, esperando ser rescatado por un caballero de armadura plateada.
Una vez pensó que podía tomar algún dinero de su madre y escapar a la ciudad de Arequipa, pero eso nunca iba a suceder, pues no quería que Tony lo viera así ¡¡¡ JAMAS !!!.

La vida se había convertido en una cárcel, donde su madre era la carcelera. No más ilusiones, no más juego en equipo, no más princesas rescatadas. La soledad se había vuelto insoportable ante las burlas y agresiones cotidianas de los demás alumnos, y Masías no hacía nada para evitar tan cruel tormento.
Las hortensias se habían marchitado, y el invierno se despedía con tardes nubladas, como presagiando una tragedia.

Una soleada mañana, cuando recién comenzaba la primavera, la viuda Berninson descubrió el cadáver de su hijo colgado de la viga del techo. Se había ahorcado con la driza de la cortina.

Los padres de Tony y el psiquiatra estuvieron presentes en el funeral, acompañando a la inconsolable viuda. También el padre Masías, quien sabe para asegurarse que ya no había ningún vestigio de peligro para la intachable reputación de su tan respetado colegio.

A los tres meses de terminar la secundaria, Doña Dolores permitió que Tony regresara a Lima. Su alegría se transformó en odio al enterarse de la desgracia. ¿Qué sucedió, qué habían hecho con Luigi? ¡¡¡ CARAJO, ÉL MERECÍA VIVIR !!! Sin embargo, también se culpó a sí mismo por no haber estado allí cuando más lo necesitaba.
Al visitar su tumba, en la lápida sólo estaba escrito “Luigi Morales. 1970 – 1985”, sin epitafio, sin recordatorios. Con los ojos humedecidos, Tony colocó encima unas frescas hortensias, y recordó los momentos que vivió con él.
Cerró los ojos y lo imaginó como un ángel resplandeciente que le decía “no me olvides”, juntando sus labios y abrazándolo por última vez.
En ese momento, abrió los ojos y sintió que se disolvía la mezcla de rencor y tristeza que corroían su alma. Ya no se sentía desorientado. Ahora sí podía vislumbrar su futuro.
Estaba convencido de seguir la carrera de Derecho y de convertirse en abogado, defensor de todos los Luigis y Tonys cuyos derechos son pisoteados y cuyas ignorancias son aprovechadas.
No más lágrimas, no más quejas, no más dependencia; sólo estudio, conocimiento y acción.
Y quien sabe, algún día haría una investigación a fondo y denunciaría al Dr. Montani, por negligencia médica, como también al padre Masías, por homicidio culposo. Ésta podría ser la mejor forma de redimirse, de reivindicar a Luigi y de mantener su memoria.

Teniendo el rojizo atardecer como escenario, Tony pensó en un buen epitafio. “Aquí yace Luigi Morales. Buen hijo, buen alumno, buen amigo. Víctima del odio, de la incomprensión, de la injusticia”.

Que en paz descanse.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

che esta es una peli o vos lo inventaste...?

Anónimo dijo...

O.O

Esto.... lo hiciste tu?

Creativo como todo ser humano. dijo...

Como veras, eres la segunda persona que le parece increible, pero es que me gusta inventar argumentos asi, como para desquitarme de la injusticia cotidiana que afecta a los mas inocentes. Gracias.

Anónimo dijo...

increible!